Once años
Cuando empecé Truora, yo pensaba que el trabajo duro era la ventaja competitiva.
Si trabajaba más que los demás, me iba mejor que los demás. Así de simple.
A los dos años todavía pensaba eso. A los cinco empecé a dudarlo. A los once sé que estaba equivocado.
El trabajo duro es el precio de entrada, no la ventaja. La ventaja es otra cosa.
Hay algo que el tiempo en un negocio te da que no se puede aprender de otra manera.
No es experiencia en el sentido de “ya vi ese problema antes”. Es más parecido a una calibración. La capacidad de distinguir cuándo algo que parece una crisis es ruido, y cuándo algo que parece ruido es la señal que nadie está viendo.
En los primeros años de Truora, casi todo me parecía urgente. Un cliente que se iba era evidencia de que el producto no servía. Una contratación que no funcionaba era evidencia de que el proceso estaba roto. Un trimestre malo era evidencia de que algo fundamental estaba mal.
Más frecuentemente, nada de eso era verdad.
El cliente que se fue era un outlier. La hire que no funcionó fue mala suerte. El trimestre malo fue el mercado.
Aprender a distinguir eso, en tiempo real, sin el beneficio del análisis retrospectivo, es lo más difícil que existe en un negocio. Y no lo aprendí leyendo. Lo aprendí equivocándome las suficientes veces hasta que el patrón empezó a ser visible.
La otra cosa que once años te da es perspectiva sobre las personas.

